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EDITORIAL
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Agosto 2004. Número 11 (Primera quincena) OPINIÓN
Ellos nunca lo harían
Resulta ya casi consustancial al verano la proliferación de lacrimógenos pasquines haciendo campaña contra el abandono de Animales, sobre todo de perros. Todo sea por la higiene y el bienestar más generalizado que, en el clímax de nuestra sibarítica sensibilidad, pretendemos hacer extensivo a las bestias autorizadas.
Siendo, no obstante, también el periodo estival, precisamente, el elegido para la bárbara y primitiva mutilación ritual de niños y adolescentes Humanos, según indican los estudios estadísticos al respecto, parece, sin embargo, más que desproporcionado que no se llegue a hacer del mismo modo en esta época un esfuerzo mediático, cuanto menos similar, para intentar proteger a nuestra propia infancia. Resulta que uno de los agujeros negros que andaba buscando la astrofísica, y en el que todo se echa pavorosamente a faltar, lo hemos encontrado en la salita de estar. ¿Por qué? Sí se sabe, no se contesta:
El pretendido respeto para los más indefensos de entre nuestros congéneres, sacrificado al imposible consenso con culturas que imponen rutinariamente y por la fuerza la mutilación genital de menores (masculina o femenina) como obligatoria señal de identidad social revela así toda su vana falsedad. De este modo, la misma sociedad que pena con severidad el abandono de un chucho en la calle, no tiene, de momento, absolutamente nada que decir ante el depravado ceremonial por el que todos los niños nacidos en un entorno musulmán, sin ir más lejos, son, tarde o temprano, irremisiblemente sometidos a aberrantes circuncisiones no médicas. Centrando ahora el "leit motif" melodramático de la abismada mirada triste en escorzo: "Ellos nunca lo harían". Por mi hijo.
José Sánchez
Lanzarote, Islas Canarias
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