Marzo 2004. Número 2

(Segunda quincena)

 

11-M: EL TERROR SE ADUEÑA DE MADRID

Las investigaciones policiales se centran ya exclusivamente en grupos fundamentalistas islámicos, descartando la autoría de ETA apuntada en un principio por el gobierno español

            

         Fotografía que muestra la otra pancarta de la manifestación del 12-M en Arrecife

SIROCO/Agencias

Ciento noventa muertos y mil cuatrocientos heridos de mayor o menor consideración. Esos fríos números muestran la mayor tragedia humana causada por el terrorismo en la historia de España.

Los terroristas hicieron explotar, minutos antes de las 8 de la mañana (hora peninsular) del pasado 11 de marzo, más de 100 kg de dinamita, colocados en el interior de mochilas distribuidas en los vagones de 4 trenes. Dos de ellos hicieron explosión en la estación de Atocha, uno en la de El Pozo, y el último en la de Santa Eugenia. El dispositivo consistía en un teléfono móvil conectado a un detonador que hacía explotar la carga. Tan solo era necesario una llamada al teléfono móvil o la activación de la alarma.

 

Comienzan las mentiras

La primera reacción del gobierno español, y del resto de partidos políticos fue atribuir el sangriento atentado a ETA. A lo largo de la mañana y durante la tarde del fatídico 11 de marzo, los distintos líderes políticos hicieron apariciones públicas condenando el atentado y culpabilizando directamente a ETA de los muertos y heridos que iban en aumento, una vez superada la confusión inicial.

Pero algo no era normal. En esta ocasión, la banda terrorista no había cumplido con su regla no escrita de avisar antes de los atentados. Y lo que era más extraño. El entorno ideológico de ETA, con Sozialista Abertzaleak a la cabeza, condena tajantamente los atentados.

A última hora de la tarde, y sin que hasta el momento nadie haya asumido la autoría de los atentados, salta la sorpresa. Aparece, en el periódico londinense ‘Al-Quds’, un comunicado de las Brigadas de Abu Hafs-Al Masri, una de las facciones de Al Qaeda, en el que se responsabilizan de la masacre de Madrid. Una hora antes, (8:20 PM, hora peninsular) el ministro de Interior, Ángel Acebes, había comparecido en rueda de prensa, en la que informa de la existencia de una furgoneta sospechosa encontrada en Alcalá de Henares con 7 detonadores, pequeños restos de material explosivo y una cinta con versículos del Corán. Según informes del propio gobierno español hechos públicos recientemente, la policía tenía conocimiento de la furgoneta desde las 10:50 AM. Sin embargo, para el gobierno seguía sin haber dudas de que la autoría correspondía a ETA.

El día después de los atentados, el 12 de marzo, y con el ambiente enrarecido en la opinión pública, debido a los indicios aparecidos a los que el gobierno no concedía crédito alguno, se celebran multitudinarias manifestaciones a lo largo y ancho de todo el estado. Manifestaciones en las que se pide información veraz sobre los atentados y sus causantes. «¿Quién ha sido?» es una de las consignas entonadas por los ciudadanos, que temen que el gobierno no ofrezca datos reales de los atentados hasta después de las elecciones generales del domingo. La máxima preocupación, en efecto, del Partido Popular, parecía ser politizar el dolor de los cientos de muertos y heridos, situando a los manifestantes detrás de una pancarta en la que se está, tanto en contra del terrorismo, como con las víctimas y la constitución, en un intento de atacar las propuestas vasca y catalana tendentes a una revisión de la carta magna.

El Partido Popular continuaría, hasta el mismo día de las elecciones, manipulando y tratando de tapar la posibilidad de que Al Qaeda estuviese detrás de los atentados del 11-M. En su afán, el gobierno envía a los diplomáticos españoles un correo en el que les instaba a que, cuando tuvieran oportunidad, confirmaran la autoría de ETA, «ayudando así a disipar cualquier tipo de duda que ciertas partes interesadas pueden querer hacer surgir entorno a quien está detrás de estos atentados». Sus objetivos de manipular y acallar lo que parecía ya incontestable, les encamina a influir también sobre los medios de comunicación tanto españoles como extranjeros.

La detención, en la tarde del sábado 12, de tres marroquíes -Jamal Zougam, Mohamed Chaoui y Mohamed Bekkali-, como sospechosos de los atentados y de dos indios -Suresh Kumar y Vinay Kholy-, por colaboración en la suministración de los móviles, y la aparición de un vídeo en en el que Abu Dujan Al Afgani, supuesto portavoz militar de Al Qaeda en Europa, declara la responsabilidad de la organización terrorista islámica en la matanza de Madrid, alimentan las ansias de veracidad de los ciudadanos, que se concentran a las puertas de las sedes del Partido Popular en varias ciudades, principalmente Madrid, Barcelona y Valencia, pidiendo «la verdad antes de votar».

 

Las voces del 12-M

Yessica. 19 años. Ha empezado a llover ligeramente hace un momento, y las gotas de agua le resbalan por la cara. Ni siquiera se da cuenta. Lanza al cielo gritos y consignas, pidiendo explicaciones. La rabia y la impotencia que expulsa a cada palabra le transforman el aniñado rostro que hasta hoy conservaba.

Como ella, 15.000 personas salieron a la calle en Lanzarote el 12 de marzo para solidarizarse con el dolor de las víctimas del mayor atentado terrorista en la historia de España.

 

La Guerra de Irak

Cuando José María Aznar se reunía en las Azores con George Bush y Tony Blair, dando el visto bueno al inicio de la intervención armada en Irak, y cuando engañaba -como ha quedado demostrado- a la opinión pública con la armas de destrucción masiva nunca encontradas, jamás podría imaginar que su soberbia política iba a suponer tanto dolor como han generado los atentados del 11-M y la debacle electoral del Partido Popular el domingo 14 de marzo.

La autoría de la masacre del 11-M por parte de algún grupo terrorista islámico es aceptada en estos momentos por todos, y es prácticamente la única línea de investigación.

El 11-M, como tristemente pasará a la historia aquel jueves de marzo, es la consecuencia directa del apoyo que el gobierno de Aznar brindó a la guerra ilegal de británicos y estadounidenses, desoyendo el clamor de los ciudadanos.

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